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La Coctelera

Misericordia y solidaridad

Hace ya algún tiempo, mientras volvía de la Facultad a mi casa, me encontré en el camino con dos personas cuya conversación, por lo alto que hablaban, no pude evitar escuchar, al menos en parte.

Eran dos personas que tenían una evidente, aunque no grave, discapacidad física. Ambos al parecer, trabajaban en una institución para discapacitados. En su charla, ambos concordaban y se quejaban de que habían entre sus compañeros de trabajo algunos que no tenían ningún tipo de discapacidad. Y el razonamiento era el siguiente: "Como éstos están super bien y no tienen inguna enfermedad, no se enteran de cómo tratar a un discapactado y cómo hacer bien el trabajo..."

Esto me llevó a volver a pensar en un tema que a menudo le doy vueltas: la práctica de la misericordia. Es verdad que esta palabra hoy suena rara, y probablemente es muy desconocida para muchos, sobre todo su contenido. Y en estotambién hay una relación muy estrecha con uno de los llamados valores de la sociedad moderna que se dice están siendo recuperados actualmente: la solidaridad.

El mensaje del Evangelio que transmitimos o pretendemos dar a conocer los cristianos a veces se hace difícil de "digerir" por los no creyentes o los indiferentes a causa de que ven en nosotros una falta de coherencia. Yo no se si los hombres de esta historia que citaban estas personas discapacitadas serían cristianos o no. Pero reconozco que yo mismo, y muchas personas de fe, a veces no somos capaces de ponernos en el lugar del que sufre. En esto precisamente consiste la misericordia, de la que nos da muestra excelentísima Jesucristo. En esto consiste también en realidad la verdadera solidaridad. No es un mero sentimiento de compasión reducido a lástima, sino en verdaderamente "padecer con" el otro. En último término, en tomar sobre nuestros hombros el sufrimiento de la otra persona, hacerle ver y sentir que conocemos y comprendemos su dolor, lo hacemos nuestro, y que haremos cuanto esté en nuestras manos por aliviarlo.

Un amigo, un tesoro

Esta semana me he detenido algunos momentos en la siguiente realidad: el papel que tienen las personas que nos rodean, y en especial las que nos son más cercanas, en nuestra felicidad.

Seguro que coincidiréis conmigo en que no es poco frecuente que subestimemos el valioso aporte de los buenos amigos a nuestra vida. Y con esto no me refiero a grandes hazañas realizadas a favor nuestro, que ciertamente las puede haber, y de hecho las hay. Pero quiero fijar la atención más bien en esos pequeños actos heroicos, que por un afecto sano, sincero y desinteresado, los verdaderos y grandes amigos son capaces de hacer. Éstos son los actos que, como pequeñas piedrecillas, van construyendo una sólida amistad.

Esos actos heroicos se manifiestan entre otras maneras, cuando un amigo nos corrige, cuando nos dice la verdad, aún cuando ésta nos incomode, nos desgarre interiormente y nos llame a un cambio de vida. Al tener a veces los oídos mal acostumbrados a los halagos, al reconocimiento, al “golpecito en la espalda”, una verdad bien dicha nos rompe los esquemas.

Una vez, hablando con un amigo yo le hacía ver, con la confianza que él me daba, que algo en su vida no estaba bien. Y él, muy sinceramente, me dice: “¿Por qué me dices estas cosas que no quiero escuchar, de las que no me quiero enterar?”. Esta pregunta me hizo pensar, y al rato le contesté: “Porque soy tu amigo”. Y tengo que reconocer que yo también he estado en el lugar de ese amigo, incomodándome cuando la verdad que me han mostrado otros no coincide con mi vida. A fin de cuentas, se trata de una tarea que el auténtico amor de amistad plantea como ineludible. Si, a veces a los amigos nos toca la dura tarea de defender la verdad y entregarla a los que queremos, aún a riesgo de perder su afecto. Pero es un riesgo, que en honor de la verdadera amistad debemos correr. Si le perdemos, si la molestia o incomodidad por la verdad es superior a la amistad, al afecto, quiere decir que era una amistad construida sobre arena. Pero si lo que vence es la amistad, se produce un encuentro auténtico en la verdad y el cariño recto y sincero. Entonces la amistad habrá vencido, es una amistad construida sobre roca.

Claro que en esta pequeña-gran empresa hay elementos esenciales, que no pueden estar ausentes. En primer lugar, la caridad, la búsqueda del bien, de la felicidad para el amigo. También, la humildad, saberse igual, y hasta más pequeño que aquél que tenemos frente a nosotros, y que necesitamos el uno del otro para llegar a buen puerto. Y no puede faltar la confianza, que dispone los corazones y los ojos del alma para ver que mi amigo, quien me ayuda, busca de verdad mi felicidad. Creo que esto se puede expresar con una palabra que hoy se maneja poco en el lenguaje de la amistad: la confidencia. En una ocasión, oí decir a una persona sin mayor formación, pero muy sabia, decir: mi amiga es mi confidente. La confidencia, que abarca el amor de amistad, la humildad, la confianza, la responsabilidad, la delicadeza en las palabras y en los modos de plantear las cosas, el respeto, la capacidad de guardar la buena fama de las personas, etc.; es uno de los pilares fundamentales de la amistad.

Creo que pensar en esto y tratar de ponerlo en práctica nos puede ayudar algo a valorar mejor la verdadera amistad, a ser nosotros mejores amigos, a edificarnos mutuamente.

Aprender de los niños

Hace unos días, dando mi paseo acostumbrado por el parque que hay cerca de casa, me encontré con otra situación acostumbrada que, sin embargo, a veces pasa desparcibida, como algo sin mayor importancia. Se trata de la habitual escena de pequeños niños que, acompañados de sus padres y hermanitos, salen a divertirse con sus amigos, en bici, en los juegos que tiene un sector del parque, con un perrito, etc.

Pues de esta escena tan sencilla, pude aprender algo muy importante. Y lo enseñaron los niños, unos chavalitos que en promedio no pasan de los 9 años. Ellos son felices allí, con sus amigos, en compañía de sus padres que les cuidan y atienden, que juegan con ellos, que levantan a los más pequeños cuando se caen, y cuyas madres calman y acaban todo dolor con una caricia y un beso. Van de un juego en otro, alegres, sencillos, no aspirando más que a lo que a sus cortos años pueden tener, viendo muchas veces superados sus deseos.

Lo que aprendí es que los niños no necesitan de “mucho” para ser felices. Se contentan con “pequeños” grandes regalos: la compañía y amor de sus padres, una pequeña pero sincera amistad, que comparte en mucho los mismos sueños. Lo cierto es que los niños tienen los ojos y el corazón limpio para ver y valorar lo verdaderamente grande e importante: la familia, la amistad, al amor, la sencillez, la confianza, etc., realidades que el mundo a menudo considera pequeñas e insignificantes, cuando no “superadas”, pasadas de moda, abolidas.

Tal vez sea que miremos más a los niños, que aprendamos de ellos, y trabajemos que cuidar y cultivar el tesoro que ha sido depositado en ellos. Tesoro que un día fue puesta también en nosotros, pero que a medida que nos hemos ido haciendo adultos, hemos olvidado y cubierto con mil complejidades.

La próxima vez que veas un niño, no dejes de ver y buscar algo que un día tuviste tú y que puedes reencontrar…

Detenerse de vez en cuando

Quiero comenzar este blog compartiendo algo que hace tiempo vengo pensando y que creo que muchos de ustedes, por no decir todos, han percibido más de alguna vez. Se trata de la necesidad que tenemos todos, hombres y mujeres, de algunos períodos, más o menos extensos, de un alto en nuestras vidas.

Consiste en una detención que no busca no hacer nada, pues sería algo estéril. Y nos significaría tiempo y energías perdidas. Al contrario, se trata más bien de una “parada” donde el trabajo se haga descanso y el descanso trabajo, un reposo fecundo. En fin, poner un freno al ritmo vertiginoso que llevamos en lo que somos y hacemos. Más bien, es un ritmo desenfrenado que muchas veces, más que llevarlo nosotros, él nos arrastra.

Muchas cosas importantes, que se manifiestan en la vida cotidiana a través de pequeños detalles, pasan por delante nuestro sin que nos demos cuenta, o al menos reparando apenas en ellas.

Tal vez se encuentre aquí, en esta actitud, una pequeña luz para descubrir por qué la vida se convierte en rutina, en la repetición pesada de cosas, palabras, actitudes y acciones que se nos hacen, por esto mismo, insufribles.

Si un atleta en carrera bajara la vista y dejara de mirar o de tener presente la meta hacia la que corre, y se dedicara después de unos cuantos metros a mirarse los pies, creería que sus pasos son en vano, que el cansancio que se hace cada vez mayor no tiene sentido. Lo mismo un albañil. Si sólo se fijara en los ladrillos que pone uno a uno, pero se olvidara que está construyendo un edificio de cincuenta pisos, tarde o temprano consideraría su tarea aburrida y sin “gracia”.

A lo mejor nos viene bien detenernos un poco, pensar en lo que somos, lo que queremos ser, lo que anhelamos, cuál es la meta que nos espera. Pienso que es un buen comienzo para llegar a ver que nuestra vida, lo que somos y lo que hacemos, tiene sentido, y no cualquiera, sino uno muy alto y provechoso para nosotros como para los demás.

Espero que este sencillo espacio, sin grandes pretensiones, nos de sirva de algo en este desafío cotidiano.

Un saludo.

¿Fronteras en el amor?

Hay algunos momentos en la vida de cada hombre y cada mujer en que, por ciertos acontecimientos, se experimentan de modo muy vivo, a veces doloroso, las limitaciones de nuestra existencia.

A veces tales marcos de la existencia se hacen patentes cuando quisiéramos poder conocer más allá de lo que tenemos al alcance. Vemos como una luz que brilla al final de un túnel, y caminamos y nos fatigamos por alcanzarla, por tocarla y ver todo cuanto nos pone delante con su resplandor. Pero, aún cuando con cada paso nos acercamos a aquella luz, no conseguimos dar con ella completamente.

Otras veces, dicha impotencia la experimentamos en el plano del amor. Conocemos personas que dan un toque particular a nuestra vida, como una campanada que llama vivamente nuestra atención y hace latir más fuerte el corazón. Vamos detrás de estos seres tan queridos, que van dando sentido al vivir, que van haciendo aparecer nuevas y más grandes y nobles capacidades de amar. Su recuerdo y rostro, gestos, palabras, e incluso su silencio y ausencia nos hablan y nos llaman con mucha frecuencia. Y entonces descubrimos que estamos hechos para amar, amar de verdad, con un amor puro, noble, del que o no nos sabíamos o creíamos capaces. Y ahí es cuando quisiéramos darlo todo, estamos dispuesto a dejarlo todo, incluso a nosotros mismos por hacer feliz a la persona amada.

Mas, es a partir de aquí también cuando comenzamos a notar que somos pequeños. Nos damos cuenta de que el amor auténtico nos trasciende, que nos sobrepasa, que esconde para nosotros verdaderos misterios. Son los misterios que en el fondo aseguran que el nuestro sea un amor verdadero, y no una simple pasión, o un enamoramiento efímero y fugaz. Que lo que amemos no sea una idea, o que nos estemos amando a nosotros mismos disfrazados de otro.

Hace poco tuve la oportunidad de ver una película muy buena: Once, recientemente premiada con el Óscar a la mejor canción original, que por cierto me parece estupenda. En ella se trata de un chico y una chica que se conocen en determinadas circunstancias, y que poco a poco van descubriendo que se gustan, se atraen. La atracción que aquí aparece es algo más que física. Ambos han pasado por momentos duros en lo afectivo. La chica está separada físicamente de su esposo y su relación pasa por un cierto quiebre que parece casi definitivo. Al chico lo ha abandonado hace un tiempo su novia. A medida que avanza la historia, la amistad entre los protagonistas va creciendo, hasta que aparecen signos de que se gustan.

Hay que reconocer el mérito del guionista y director. No cae en la historia fácil, típicamnte hollywoodense, de que primando meros sentimentalismos y dando primordial relieve a las circunstancias, uno y otro se olviden de qué es amar y a quién aman, y lo que conlleva el verdadero amor. Son concientes de sus debilidades, pero no se dejan llevar por ellas. Luchan valientemente, no como seres apáticos, sino como quienes buscan que, sobre las pasiones y el camino fácil, venza la primacía del verdadero amor. La chica, finalmente decide arreglar su matrimonio. Es ella quien da el primer paso. El chico busca a su novia, restaurar su relación. Estuvieron a punto de enfrascarse en una aventura que hubiera resultado emocionante, apasionada. Tanto así que el espectador se ve algo tentado de querer que terminen juntos.
Pero prima el amor. Repito, el verdadero amor. Ese amor que contiene en sí tantos y tan variados tesoros, como son la magnanimidad, la fidelidad, la responsabilidad, la generosidad, el reconocimiento de las propias limitaciones y errores, el respeto de la persona amada, el sacrificio de bienes menores en aras de la felicidad de aquel o aquella que amamos. Es cierto, todo esto lleva consigo no pocas veces un doloroso desgarramiento interior. Pero ¿acaso las grandes cosas no nos han de costar caro? ¿no gastamos en ocasiones hasta lo que no tenemos por un bien que tarde o temprano ya no tendremos con nosotros? ¿tan poco estamos dispuestos a dar por lo que vale la pena?

En una ocasión, una mujer que mantenía una relación sentimental con un hombre casado fue a pedir consejo a un hombre sabio, para saber qué hacía, aunque en el fondo no deseaba apartarse de quien amaba. El sabio le dijo: “Si de verdad lo amas, le dejarás”. Y la mujer, después de sufrir y llorar abundantemente le dejó. Le bastó una noche, una luz, una gracia. Le bastó amar.

Amar no nos ahorra lágrimas ni sufrimientos. Al contrario, estos son de parte nuestra como pequeñas prendas de lo que somos capaces de dar a quien de verdad amamos. Con ellos le estamos diciendo a la persona amada: mi sufrimiento (cuando tiene sentido y razón de ser) es un adelanto de lo que estoy dispuesto a dar por ti: mi vida. Y esta vida pasa a ser más grande, más plena, dando pasos agigantados en su infinitud, traspasando las fronteras del egoísmo, del amor propio y de todas las nefastas consecuencias que trae consigo.

Así, sólo la mentira, el engaño, el egoísmo, la doblez, pueden levantar muros que ahoguen el amor. Pero en este caso, ya se ve, no un amor verdadero.

En realidad, cuando el amor es de verdad, ni el sufrimiento ni la muerte, ni las persecuciones, ni las opiniones de los hombres, pueden realmente limitar al amor. ¿Cómo podrían levantarse fronteras a una realidad que es anterior a ellas y que las trasciende infinitamente? El amor todo lo conoce, todo lo perdona, todo lo abarca, todo lo abraza con su verdad e inmensidad…