

Hay algunos momentos en la vida de cada hombre y cada mujer en que, por ciertos acontecimientos, se experimentan de modo muy vivo, a veces doloroso, las limitaciones de nuestra existencia.
A veces tales marcos de la existencia se hacen patentes cuando quisiéramos poder conocer más allá de lo que tenemos al alcance. Vemos como una luz que brilla al final de un túnel, y caminamos y nos fatigamos por alcanzarla, por tocarla y ver todo cuanto nos pone delante con su resplandor. Pero, aún cuando con cada paso nos acercamos a aquella luz, no conseguimos dar con ella completamente.
Otras veces, dicha impotencia la experimentamos en el plano del amor. Conocemos personas que dan un toque particular a nuestra vida, como una campanada que llama vivamente nuestra atención y hace latir más fuerte el corazón. Vamos detrás de estos seres tan queridos, que van dando sentido al vivir, que van haciendo aparecer nuevas y más grandes y nobles capacidades de amar. Su recuerdo y rostro, gestos, palabras, e incluso su silencio y ausencia nos hablan y nos llaman con mucha frecuencia. Y entonces descubrimos que estamos hechos para amar, amar de verdad, con un amor puro, noble, del que o no nos sabíamos o creíamos capaces. Y ahí es cuando quisiéramos darlo todo, estamos dispuesto a dejarlo todo, incluso a nosotros mismos por hacer feliz a la persona amada.
Mas, es a partir de aquí también cuando comenzamos a notar que somos pequeños. Nos damos cuenta de que el amor auténtico nos trasciende, que nos sobrepasa, que esconde para nosotros verdaderos misterios. Son los misterios que en el fondo aseguran que el nuestro sea un amor verdadero, y no una simple pasión, o un enamoramiento efímero y fugaz. Que lo que amemos no sea una idea, o que nos estemos amando a nosotros mismos disfrazados de otro.
Hace poco tuve la oportunidad de ver una película muy buena: Once, recientemente premiada con el Óscar a la mejor canción original, que por cierto me parece estupenda. En ella se trata de un chico y una chica que se conocen en determinadas circunstancias, y que poco a poco van descubriendo que se gustan, se atraen. La atracción que aquí aparece es algo más que física. Ambos han pasado por momentos duros en lo afectivo. La chica está separada físicamente de su esposo y su relación pasa por un cierto quiebre que parece casi definitivo. Al chico lo ha abandonado hace un tiempo su novia. A medida que avanza la historia, la amistad entre los protagonistas va creciendo, hasta que aparecen signos de que se gustan.
Hay que reconocer el mérito del guionista y director. No cae en la historia fácil, típicamnte hollywoodense, de que primando meros sentimentalismos y dando primordial relieve a las circunstancias, uno y otro se olviden de qué es amar y a quién aman, y lo que conlleva el verdadero amor. Son concientes de sus debilidades, pero no se dejan llevar por ellas. Luchan valientemente, no como seres apáticos, sino como quienes buscan que, sobre las pasiones y el camino fácil, venza la primacía del verdadero amor. La chica, finalmente decide arreglar su matrimonio. Es ella quien da el primer paso. El chico busca a su novia, restaurar su relación. Estuvieron a punto de enfrascarse en una aventura que hubiera resultado emocionante, apasionada. Tanto así que el espectador se ve algo tentado de querer que terminen juntos.
Pero prima el amor. Repito, el verdadero amor. Ese amor que contiene en sí tantos y tan variados tesoros, como son la magnanimidad, la fidelidad, la responsabilidad, la generosidad, el reconocimiento de las propias limitaciones y errores, el respeto de la persona amada, el sacrificio de bienes menores en aras de la felicidad de aquel o aquella que amamos. Es cierto, todo esto lleva consigo no pocas veces un doloroso desgarramiento interior. Pero ¿acaso las grandes cosas no nos han de costar caro? ¿no gastamos en ocasiones hasta lo que no tenemos por un bien que tarde o temprano ya no tendremos con nosotros? ¿tan poco estamos dispuestos a dar por lo que vale la pena?
En una ocasión, una mujer que mantenía una relación sentimental con un hombre casado fue a pedir consejo a un hombre sabio, para saber qué hacía, aunque en el fondo no deseaba apartarse de quien amaba. El sabio le dijo: “Si de verdad lo amas, le dejarás”. Y la mujer, después de sufrir y llorar abundantemente le dejó. Le bastó una noche, una luz, una gracia. Le bastó amar.
Amar no nos ahorra lágrimas ni sufrimientos. Al contrario, estos son de parte nuestra como pequeñas prendas de lo que somos capaces de dar a quien de verdad amamos. Con ellos le estamos diciendo a la persona amada: mi sufrimiento (cuando tiene sentido y razón de ser) es un adelanto de lo que estoy dispuesto a dar por ti: mi vida. Y esta vida pasa a ser más grande, más plena, dando pasos agigantados en su infinitud, traspasando las fronteras del egoísmo, del amor propio y de todas las nefastas consecuencias que trae consigo.
Así, sólo la mentira, el engaño, el egoísmo, la doblez, pueden levantar muros que ahoguen el amor. Pero en este caso, ya se ve, no un amor verdadero.
En realidad, cuando el amor es de verdad, ni el sufrimiento ni la muerte, ni las persecuciones, ni las opiniones de los hombres, pueden realmente limitar al amor. ¿Cómo podrían levantarse fronteras a una realidad que es anterior a ellas y que las trasciende infinitamente? El amor todo lo conoce, todo lo perdona, todo lo abarca, todo lo abraza con su verdad e inmensidad…