Esta semana me he detenido algunos momentos en la siguiente realidad: el papel que tienen las personas que nos rodean, y en especial las que nos son más cercanas, en nuestra felicidad.

Seguro que coincidiréis conmigo en que no es poco frecuente que subestimemos el valioso aporte de los buenos amigos a nuestra vida. Y con esto no me refiero a grandes hazañas realizadas a favor nuestro, que ciertamente las puede haber, y de hecho las hay. Pero quiero fijar la atención más bien en esos pequeños actos heroicos, que por un afecto sano, sincero y desinteresado, los verdaderos y grandes amigos son capaces de hacer. Éstos son los actos que, como pequeñas piedrecillas, van construyendo una sólida amistad.

Esos actos heroicos se manifiestan entre otras maneras, cuando un amigo nos corrige, cuando nos dice la verdad, aún cuando ésta nos incomode, nos desgarre interiormente y nos llame a un cambio de vida. Al tener a veces los oídos mal acostumbrados a los halagos, al reconocimiento, al “golpecito en la espalda”, una verdad bien dicha nos rompe los esquemas.

Una vez, hablando con un amigo yo le hacía ver, con la confianza que él me daba, que algo en su vida no estaba bien. Y él, muy sinceramente, me dice: “¿Por qué me dices estas cosas que no quiero escuchar, de las que no me quiero enterar?”. Esta pregunta me hizo pensar, y al rato le contesté: “Porque soy tu amigo”. Y tengo que reconocer que yo también he estado en el lugar de ese amigo, incomodándome cuando la verdad que me han mostrado otros no coincide con mi vida. A fin de cuentas, se trata de una tarea que el auténtico amor de amistad plantea como ineludible. Si, a veces a los amigos nos toca la dura tarea de defender la verdad y entregarla a los que queremos, aún a riesgo de perder su afecto. Pero es un riesgo, que en honor de la verdadera amistad debemos correr. Si le perdemos, si la molestia o incomodidad por la verdad es superior a la amistad, al afecto, quiere decir que era una amistad construida sobre arena. Pero si lo que vence es la amistad, se produce un encuentro auténtico en la verdad y el cariño recto y sincero. Entonces la amistad habrá vencido, es una amistad construida sobre roca.

Claro que en esta pequeña-gran empresa hay elementos esenciales, que no pueden estar ausentes. En primer lugar, la caridad, la búsqueda del bien, de la felicidad para el amigo. También, la humildad, saberse igual, y hasta más pequeño que aquél que tenemos frente a nosotros, y que necesitamos el uno del otro para llegar a buen puerto. Y no puede faltar la confianza, que dispone los corazones y los ojos del alma para ver que mi amigo, quien me ayuda, busca de verdad mi felicidad. Creo que esto se puede expresar con una palabra que hoy se maneja poco en el lenguaje de la amistad: la confidencia. En una ocasión, oí decir a una persona sin mayor formación, pero muy sabia, decir: mi amiga es mi confidente. La confidencia, que abarca el amor de amistad, la humildad, la confianza, la responsabilidad, la delicadeza en las palabras y en los modos de plantear las cosas, el respeto, la capacidad de guardar la buena fama de las personas, etc.; es uno de los pilares fundamentales de la amistad.

Creo que pensar en esto y tratar de ponerlo en práctica nos puede ayudar algo a valorar mejor la verdadera amistad, a ser nosotros mejores amigos, a edificarnos mutuamente.